Los finos y delicados nudillos de una bailarina de porcelana
golpearon la puerta por, al menos, décima vez. Su voz asustada y débil clamaba
al otro lado una respuesta, cualquier tipo de respuesta. Lloraba, humedeciendo
sus rosadas mejillas.
Pero ella no quería responder. Bebía otro trago, ya no
quemaba. No dolía: aliviaba. Ella se dejaba desvanecer en el silencio del
pequeño cuarto de baño sin intención alguna de decir o hacer algo más que
continuar muriéndose poco a poco ahogada en lágrimas de alcohol y cócteles de
emociones. ¿Por qué nadie le avisó de que la realidad era tan dura?
Sus nudillos también eran finos y delicados, también ella
era una bailarina. De piel pálida y suave, de piernas largas y hermosas,
flexibles y capaces de dibujar sobre las notas de un piano. Estiró sus piernas
tendida en el frío suelo en la penumbra de la noche. La luz de la iluminación
pública que se colaba por la pequeña ventana perfilaba el contorno de sus
zapatillas de ballet. Sus viejas zapatillas de la suerte.
"Vaya mierda de suerte" ahogó en otro trago. Se
sentía tan atada como las cintas que rodeaban sus tobillos, tan atrapada como
la rígida postura de su espalda. Tan harta, tan cansada. Tan rendida.
Y es que no era más que otra muñeca de entre tantas. Otra muñeca
utilizada y desechada. Estaba al límite, ya no soportaba que jugaran con ella y
sus ojos de cristal. Su corazón de porcelana no estaba hecho para juegos tan
terribles como el amor.
¿De qué sirve tanta disciplina si ni siquiera puedes educar
tus sentimientos, tus ilusiones, tus impulsos? Ni siquiera bailar la podría
aliviar ahora. Ni siquiera podía bailar lo que ella necesitaba bailar. Quería
ser libre, estaba harta de aquella prisión de cerámica. Ella sólo quiere
gritar. Gritar o dejarse morir en la soledad y la oscuridad, sin atender a los
gritos del otro lado de la puerta, donde sus compañeros temen por ella y por la
función. Todos preocupados más por el qué dirán que por la estrella de la
compañía. Todos como figuritas todavía por estrenar, con sus zapatillas de
ballet, sus mallas y sus vestidos. Su maquillaje de fantasía y sus moños bien
apretados.
Se dejó caer hacia atrás, soñando con titulares como
"La muñeca que se rompió".
Afuera, la de los nudillos insistentes seguía intentando
abrir aquella cerradura traicionera tras escuchar el cristal de una botella
llena de penas romperse. Intentando abrirla con aceite de lágrimas como
lubricante.
La encontraron inconsciente entre tules de princesa y
pedazos de una luna de cristal. Sus rasgos eran como los de esa muñeca de
porcelana de mejillas rosadas y labios color ciruela que todos los
coleccionistas desean. Sus rizos dorados y perfectos sólo eran un espejismo.
Todo el mundo lo sabía, pero siempre lo olvidaban: con la porcelana no se
juega, es sumamente frágil.
Frase del día: Baila para la vida,
vive para bailar

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