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jueves, 6 de junio de 2013

Miró hacia la ventana, el día le sonreía y hacía mucho tiempo que no se sentía tan viva. Se sentó en la cama revuelta y se puso los pantalones. Unos vaqueros viejos que encontró por allí encima. Y entonces, se miró las manos y recordó todo lo que por ella había pasado. Hombres, papeles, fotografías, todo lo que un día fue someramente suyo y que ahora no sabe ni donde está. Comenzó a recordar todas las sonrisas que regaló a cambio de un techo bajo el que resguardarse, todo lo que su columna vertebral se dobló para poder ganar unas míseras perras que después terminaría gastando en whisky barato de la tienda de Mac. Y ahora ya no sabe hacia dónde correr, es peor aún no sabe si debe correr, andar, o dejarse morir en aquella cama. Porque todo lo que un día fue suyo ahora no está, y no sabe por dónde buscar. Ya no le brillan las mejillas de emoción al ponerse unos tacones, ni al pintarse los labios del rojo brillante que él le regaló. Y las luces de su camerino se están apagando lentamente sin que nadie se dé cuenta, sin sollozos o lágrimas que formen una bonita banda sonora. Su corazón se paraba lentamente, porque ya nadie la recordaba. Nadie la necesitaba, solo era otro ser humano carcomido por los recuerdos, una prueba de los destrozos del tiempo. Solo era sombra.

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