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lunes, 24 de diciembre de 2012

Un difuminado recuerdo de felicidad esfumada


Las notas de una vieja canción resonaban entre las paredes y se sumergían en los escasos dos dedos de agua que se habían acumulado en la bañera. Cerró el grifo y permaneció inmóvil en la ducha todavía unos instantes, dejando que las gotas resbalaran por todo su cuerpo, su cuerpo desnudo. Quizá porque él decía que era lo que más le gustaba ver, las carreras de las gotas de agua deslizándose por todo su cuerpo. Pero él ya no estaba ahí para verlo.
Salió de la ducha con delicadeza, levantando los pies y estirándolos como una bailarina de ballet, clavándolos sobre una alfombra después. El espejo estaba empañado, pero era mejor así. No le habría gustado verse en aquel estado, devastada por su ausencia. Enrolló una toalla a su cuerpo, ese que a él le gustaba tanto abrazar. Le decía que era como intentar coger algo que se le escapaba, que estaba fuera de su alcance. Pero era él el que se había escapado.
Sus pies descalzos se dejaron impregnar del frío que emanaba de las baldosas del suelo. Caminó hasta su cuarto sin preocuparse por las huellas que fuera dejando ni el rastro de gotas de las que su cabello se despojaba. Su cabello. Él decía que era como hilos de oro, suave como la seda, cálido como una chimenea, agradable como la lavanda. Pero su cabello ya no era el mismo. Él, sólo él tenía la culpa de que su cabello ya no fuera ni tan largo, ni tan dorado, ni tan delicado como antes. No pudo esta vez evitar cruzarse con el espejo que, sobre el tocador, le recordaba cada día desde entonces que sus ojos ya no eran esas dos estrellas de felicidad.
Se miró paralizada, tan sólo con una toalla sobre su cuerpo y el agua que aún se deslizaba por su piel. Clavó sus ojos en sus cuencas. Hundidas. Arañó la imagen de su cabello, tan quebradizo como su corazón. Y gritó. Gritó con todas sus fuerzas. O al menos es lo que le hubiera gustado hacer, pero ni siquiera eso merecía la pena. Permaneció pues dos minutos más mirándose a sí misma fijamente. Como si fuese a encontrar algo que le explique por qué él ya no está aquí, y por qué sólo queda de aquello un difuminado recuerdo de felicidad esfumada.







Mariona*

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